Sentido litúrgico del aula: presencia, gesto y palabra

moises y la zarza

Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada.
Éxodo, 3. 5

Cada vez que un profesor se introduce en el aula algo sagrado, sumamente trascendente sucede.

Cada ser humano es un “intangible” en sí mismo. Y al entrar en el aula el proceso de enseñar, de educar, de sacar adelante el potencial inherente de cada ser humano nos interpela a cuidar con especial delicadeza cada acto sublime en el que estamos teniendo parte.

Una manifestación de la grandeza de la tarea educadora es el sentido litúrgico del proceso de enseñanza-aprendizaje.

Lo litúrgico es aquello que nos trasciende porque está fuera de nosotros pero a la vez nos transforma porque actúa en nosotros.

En liturgia se distinguen tres necesarios conceptos para poder definir una acción como litúrgica: la presencia, el gesto y la palabra.

La presencia hace mención a la actitud de quién es protagonista del hecho. En el proceso educativo, hay claramente una presencia dialógica: dos seres que buscan el crecimiento mutuo. La naturaleza humana, se asemeja a la divina por dos vías: por aproximación y por semejanza.

Por semejanza, es un don. No podemos merecer más parentesco con Dios que el que ya nos ha dado en la creación. Por aproximación, es nuetra tarea.

En la tarea humana de aproximarse a la naturaleza divina (si es que se puede llamar naturaleza a lo divino) la acción es de crecimiento. En la tarea de crecer, de ayudar a otro a crecer se establece la genuina presencia. 

El gesto. Enseñar y educar es cosa de detalles. La virtud está en los detalles. La elegancia y el cariño están en los gestos, pequeños o grandes del obrar humano.

El sentido litúrgico del gesto es que nuestros actos inmanentes que nos perfeccionan como ser humano sin la mediación de otro (por eso la virtud mejora la calidad de vida) pueden referirse también y en igual medida a perfeccionar a otro. Cada detalle, cada movimiento, cada gesto es importante en el aula.

Y por último, pero no menos importante, la palabra. 

El don de la enseñanza, su verdadera significación, tiene su puesta en escena mediante la palabra. 

Litúrgicamente, la palabra hace referencia al ser analógico y simbólico de lo dicho. Cuando le decimos a un alumno: “Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas” no solo le estamos animando a hacer buena caligrafía o a fijarse en las posibles faltas de ortografía: le estamos mostrando más que lo que nuestras mismas palabras significan.

Es por ello que, si eres maestro, te animo a pararte un poco cada día, a reflexionar sobre tu trascendental tarea. Párate a considerar si cuidas cada gesto, cada palabra, si eres presencia de Aquel a quien pretendes alcanzar