A veces el error no es la respuesta sino la pregunta

El sistema educativo se creó para dar respuesta a un problema de alfabetización, empleabilidad y desarrollo industrial de una sociedad, la del siglo XVII que no estaba preparada para el crecimiento demográfico ni cultural que supuso la revolución científica de la ilustración.

He aquí los dos puntos del problema: la industrialización y la ilustración. Casualmente empiezan por “i” , pero nada que ver.

La ilustración trajo con sigo la creencia ciega en que el pensamiento científico traería cotas de progreso y bienestar que “por fin” llevarían al hombre a otro nivel. El progreso del hombre por encima de la naturaleza (¿os suena? ): el definitivo dominio del hombre sobre sí y sobre la naturaleza misma.

Para llevar a cabo semejante tarea era necesario un sistema: el sistema educativo. Formar personas es tarea exclusiva del núcleo familiar. Extendiendo el concepto de “familia” a la “tribu” o “clan”, la familia de familias, la sociedad, tiene como tarea formar a las personas para alcanzar el desarrollo adecuado a fin de “perpetuar” la especie y la cultura (biología y sociedad)

El reto era crear un sistema “claro y distinto” para no tener “problemas”: la ciencia había avanzado mucho en este campo. ¿por qué no la educación?

Se creó, para dar respuesta al problema, el sistema didáctico. Muy científico en sus términos ilustrados. Deductivo, lógico y dimensional.

Años de estudios, proyectos de inteligencia y demás.

Llegamos al siglo XX y la ciencia empieza a señalar cosas que hasta ese momento eran “innombrables”: la ciencia se equivoca de vez en cuando. El cambio de paradigma es un “necesarium” en el desarrollo científico. ¿Y que pasa con la educación?

La pregunta seguía siendo la misma: ¿Cómo preparar de forma masiva a cientos de miles para una sociedad industrial, mercantil e ilustrada? La respuesta era la misma: didáctica, metodología, evaluación y sistema educativo.

Hoy en día no tenemos ese problema: no existe la “sociedad industrial, mercantil e ilustrada”. La alfabetización ha llegado a casi todos los rincones del planeta y la didáctica, metodología, evaluación y sistema educativo, no dan más de sí.

Antes no había profesores, por eso el libro de texto: usa algo que no requiera ciencia didáctica. Sigue el libro y enseñarás.

Pero ahora no.

Los ideólogos de la renovacion pedagógica hablan de los tres puntos de llegada para la educación del siglo XXI: personalización, multidisciplinariedad y ubicuidad.

En realidad, es posible que te estén contando lo mismo que en el siglo XVII. El mismo discurso para llegar a lo mismo. Su didáctica va a salvar el sistema. ¿Por qué? Porque es su única vía para la supervivecia. Recuerdas. Perpetuar la especie y la cultura.

Yo no voy a darte una solución. Solo quiero sugerir. ¿Te imaginas aprender realmente algo con pasión?

Mi idea concreta:

– Profesores de todas las etapas pero con pasión por la educación. Abstenganse profesores de silla y libro.

– Espacios adecuados para desarrollar sus pasiones y enseñar. ¿Realmente te gusta enseñar science en inglés? ¿Eres de ciencias o de letras?

– Sistema de acreditación de aprendizaje basado en evidencias. La ciencia para lo que realmente sirve (punto a debatir)

– Conciliación vida y aprendizaje. Co-working y colegio…

– Aprendizaje enfocado a la responsabilidad.

– Itinerarios personales. Coaching educativo-familiar.

Afinidad por aproximación y afinidad por cercanía

C.S. Lewis en su libro “Los cuatro amores” habla de las relaciones de semejanza e identidad entre realidades.

Menta en su ensayo la diferencia entre llegar a un sitio y estar en un sitio.

Las relaciones humanas tienen, en juicio de C. S. Lewis, dos dimensiones. La cercanía por semejanza y la cercanía por aproximación.

Así las relaciones por semejanza se establecen principalmente en la familia, y a la formación de una familia están encaminadas.

Somos entre hermanos semejantes, parecidos. Hijos de un mismo padre y madre.

Las relaciones de paternidad, fraternidad y filiación son típicamente relaciones de semejanza.

Ahora bien, las mismas pueden retorcerse por la falta de aproximación. Lo que unido estaba puede romperse al faltarle la pata de la tarea.

Las relaciones de aproximación son aquellas que se dan en la existencia y experiencia. Se parecen más a las relaciones de amistad o relaciones profesionales.

Una relación profesional no nace, se hace. Se encuentra pero ha de cultivarse. La naturaleza humana tiende a buscar la afinidad por semejanza en las relaciones por aproximación, porque el ser humano no puede existir “sólo”.

Así, advertido esto, las relaciones de amistad y de profesión tendrán forma de fraternidad y/o esponsalidad en la medida en que se busque la identidad.

Aunque una persona humana no puede en estricto sentido identificarse con otra, ya que su ser es único.

Pienso que gran parte de los problemas de confianza y afinidad en nuestros días se solucionarían repensando las relaciones profesionales y de amistad desde la perspectiva de la aproximación y no desde la identidad. Ya que tal identidad sólo se da en contadas ocasiones.

Sentido litúrgico del aula: presencia, gesto y palabra

moises y la zarza

Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada.
Éxodo, 3. 5

Cada vez que un profesor se introduce en el aula algo sagrado, sumamente trascendente sucede.

Cada ser humano es un “intangible” en sí mismo. Y al entrar en el aula el proceso de enseñar, de educar, de sacar adelante el potencial inherente de cada ser humano nos interpela a cuidar con especial delicadeza cada acto sublime en el que estamos teniendo parte.

Una manifestación de la grandeza de la tarea educadora es el sentido litúrgico del proceso de enseñanza-aprendizaje.

Lo litúrgico es aquello que nos trasciende porque está fuera de nosotros pero a la vez nos transforma porque actúa en nosotros.

En liturgia se distinguen tres necesarios conceptos para poder definir una acción como litúrgica: la presencia, el gesto y la palabra.

La presencia hace mención a la actitud de quién es protagonista del hecho. En el proceso educativo, hay claramente una presencia dialógica: dos seres que buscan el crecimiento mutuo. La naturaleza humana, se asemeja a la divina por dos vías: por aproximación y por semejanza.

Por semejanza, es un don. No podemos merecer más parentesco con Dios que el que ya nos ha dado en la creación. Por aproximación, es nuetra tarea.

En la tarea humana de aproximarse a la naturaleza divina (si es que se puede llamar naturaleza a lo divino) la acción es de crecimiento. En la tarea de crecer, de ayudar a otro a crecer se establece la genuina presencia. 

El gesto. Enseñar y educar es cosa de detalles. La virtud está en los detalles. La elegancia y el cariño están en los gestos, pequeños o grandes del obrar humano.

El sentido litúrgico del gesto es que nuestros actos inmanentes que nos perfeccionan como ser humano sin la mediación de otro (por eso la virtud mejora la calidad de vida) pueden referirse también y en igual medida a perfeccionar a otro. Cada detalle, cada movimiento, cada gesto es importante en el aula.

Y por último, pero no menos importante, la palabra. 

El don de la enseñanza, su verdadera significación, tiene su puesta en escena mediante la palabra. 

Litúrgicamente, la palabra hace referencia al ser analógico y simbólico de lo dicho. Cuando le decimos a un alumno: “Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas” no solo le estamos animando a hacer buena caligrafía o a fijarse en las posibles faltas de ortografía: le estamos mostrando más que lo que nuestras mismas palabras significan.

Es por ello que, si eres maestro, te animo a pararte un poco cada día, a reflexionar sobre tu trascendental tarea. Párate a considerar si cuidas cada gesto, cada palabra, si eres presencia de Aquel a quien pretendes alcanzar

Confianza: fundamento para el aprendizaje no lineal

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Otro de los muchos temas que podemos tratar en educación es la manera en que se relaciona el alumno con su profesor.
El proceso de aprender no es un proceso directo, determinable, o si lo prefieres, evidente.
Es una relación casi trascendental. En la medida en que dos seres -alumno y profesor- ponen en juego algo más que sus acciones o hechos.
La acción que no solo modifica o transforma nuestro ser (inmanencia) se llama trascendencia.
En esa trascendente relación la confianza el clave. La empatía y simpatía del profesor juegan un papel casi obligatorio.
La mayor relación trascendental en el ser humano es la filiación “nadie nace sin ser hijo” (cfr. Leonardo Polo)
Pero necesitamos reconstruir una nueva educación basada en la confianza. Tanto padres como profesores tenemos la obligación de sanar las heridas de la sociedad de la sospecha. Corrupciones aparte, la confianza necesita recuperar su lugar en el mundo.